Roma: la luz del mundo
Una vez reestructurado el poder en Roma en torno a la figura del emperador, llegó el momento de organizar el imperio así como garantizar su expansión territorial. El emperador nombró a los gobernadores encargados de administrar y dirigir en su nombre cada provincia. Gracias a la red de calzadas que se tejió por todo el imperio, las comunicaciones dentro del mismo fueron fluidas y eficaces. Pero la institución que más hizo por garantizar la paz y la seguridad, dentro y en la frontera, fue el ejército. Las poderosas legiones romanas eran la clave de la superioridad del Imperio romano. En numerosas ocasiones fueron las encargadas de encumbrar, pero también de derrocar, a un buen número de emperadores.
Durante los siglos I y II d. C. Roma alcanzó una estabilidad interior y dominio territorial envidiable. Este período es el que se conoce como Pax Romana. Se trata de una situación conseguida no sin esfuerzos bajo las dinastías Flavia y Antonina. Fue en esta época cuando se fortificó la frontera del Norte y del Este, conocidas por los ríos que de manera natural hacen de frontera o limes, el Rin y el Danubio. También Britania, actual Gran Bretaña, acabó formando parte del imperio convirtiéndose en provincia.
La mayor extensión del imperio llegó con Trajano (98-117 d. C.), uno de los emperadores procedentes de Hispania. Otro emperador, Caracalla, en el 212, concedió la ciudadanía a los habitantes del imperio. Y un dato más para comprender la grandiosidad de Roma: la ciudad alcanzó el millón de habitantes.
La cultura, la lengua (el latín), las leyes (el derecho) y el gobierno se impusieron en todos los territorios bajo control romano. Roma se convirtió en la "luz del mundo" y fuera de ella solo existían las tinieblas. En un espacio muy corto de tiempo, sin embargo, del esplendor se pasó a la crisis y a la decadencia.