Las guerras púnicas
Al finalizar el período monárquico, Roma fue extendiéndose por toda la península itálica. El aumento de la población y la necesidad de recursos fueron las causas de esa expansión. No sin dificultades, los romanos se hicieron con el control de todo el territorio peninsular sometiendo al resto de pueblos. Al finalizar el siglo III a. C., tenían bajo su dominio la totalidad de la península Itálica, expulsando, incluso, a los colonos griegos de la Magna Grecia. El siguiente paso era la expansión por el mar Mediterráneo. Y no fue tan sencillo.
En el siglo VIII a. C. los fenicios, pueblo originario de las costas del Mediterráneo oriental, en la actual Siria, en su expansión hacia el Oeste, fundaron una colonia en el Norte de África llamada Cartago. Ésta acabó independizándose de la metrópoli y se convirtió en una potencia en el Mediterráneo Occidental controlando todo el tráfico comercial. Era cuestión de tiempo que acabara chocando con Roma. Aquí está el origen del enfrentamiento entre Cartago y Roma. Las conocidas como guerra púnicas:
- Primera guerra púnica (267-242 a. C.).
- Segunda guerra púnica (219-202 a. C.).
- Tercera guerra púnica (149-146 a. C).
El primer enfrentamiento tuvo como principal escenario la isla de Sicilia y especialmente fue un enfrentamiento naval, en el que los romanos demostraron su superioridad en la técnica bélica naval. Los cartagineses (o púnicos) fueron expulsados de Sicilia y obligados a pagar a Roma compensaciones económicas. Aquí está el origen del siguiente enfrentamiento.
Para compensar la pérdida de Sicilia, los cartagineses pusieron sus ojos en la península ibérica. En el Tratado del Ebro del 226 a. C., Asdrúbal firmó con los romanos un acuerdo por el cual el río Ebro se convertía en frontera entre las áreas de influencias respectivas en la península. En el 223 a. C. fundaron Cartago Nova (actual Cartagena), capital cartaginesa desde la cual continuaron con su expansión y control de los territorios peninsulares. Y aquí apareció en escena Sagunto, ciudad aliada y amiga de Roma, que fue atacada por los cartagineses comenzando la segunda guerra púnica (219-202 a. C.), sin duda una de las más encarnizadas de la antigüedad.
Los romanos se enfrentaron a uno de los más grandes genios militares de la antigüedad: Aníbal Barca. Éste decidió una estrategia muy particular que consistió en trasladar la guerra a la península Itálica. Para ello, movilizó su ejercito a través de los Alpes, que, según los romanos, era una barrena natural infranqueable. Aníbal demostró que no. Las legiones romanas sufrieron derrotas humillantes en batallas como Trasimeno o Cannas. Sin embargo Aníbal no llegó a tomar Roma. Alargó la contienda saqueando el centro y el sur de la península itálica, lo que permitió a Roma reorganizarse y contraatacar gracias al liderazgo de Publio Cornelio Escipión, llamado el Africano, y que, al igual que Aníbal, pensó que la mejor estrategia era llevar la guerra a la retaguardia cartaginesa y, por tanto, a Hispania.
La estrategia de Escipión tuvo éxito. Sus legiones derrotaron a los cartagineses en Hispania, por lo que Aníbal se quedó sin refuerzos y aislado en la otra península, la itálica. El general cartaginés consiguió llegar al norte de África, a Cartago y ahí tuvo lugar una de las grandes batallas de la antigüedad en el 202 a. C., la batalla de Zama. Una vez más, Publio Cornelio Escipión consiguió ganarle la partida a Aníbal y, además, en su propia casa. Tras su derrota, Aníbal huyó y Cartago tuvo que renunciar prácticamente a todos sus territorios y a su fuerza militar. Pero no fue el final.
A mediados del siglo II a. C Cartago estaba dando signos de recuperación tras la última derrota. Ante la posibilidad de que Cartago pudiera volver a ser una amenaza, el Senado de Roma decidió acabar con ella: Carthago delenda est ("Cartago debe ser destruida"). En el 146 a. C. y tras dos años de asedio, las legiones romanas arrasaron la ciudad. Literalmente no quedó nada. Así terminó lo que se conoce como tercera guerra púnica, la cual dejó paso a una expansión ya sin límites de Roma por todo el Mediterráneo. La idea del Mare Nostrum comenzó aquí a construirse.